RECENSIONI / Ernesto Gallardo León
Elena Trapanese se ha convertido en una de las mejores especialistas y estudiosas de la obra de María Zambrano. Heredera de la filósofa Julieta Lizaola y acompañante de Jesús Moreno en la pasión por el pensamiento de María Zambrano, Elena Trapanese ha encontrado una veta maravillosa para reconstruir el sentido completo de la biografía intelectual de la oriunda de Andalucía: reconocerla en el exilio por medio de sus diarios, cartas y material escrito sin publicar, que luego formó parte de sus proyectos y que terminaron articulándose en el largo recorrido filosófico de María Zambrano.
El libro A través de tantos laberintos. Cartas 1959-1989 (2024) recorre un período extenso de la correspondencia que tuvieron Enrique de Rivas con María Zambrano durante su exilio. La amistad de los dos se testimonia en estas cartas donde comparten una historia de vida lejos de todo: tan lejos y tan cerca de la propia tierra. Son 30 años de ese sistema hoy olvidado de recibir debajo de la puerta o en un buzón físico, un manuscrito de alguien que no ha podido verte y quiere recordarte que están juntos a pesar del paso del tiempo. La inmediatez de la vida actual hace imposible pensar que los mensajes tardaban meses en llegar y a veces meses en ser respondidos. En una sociedad donde no existía la comunicación inmediata, el único modo de sostener una amistad a la distancia y en el tiempo, era a través de cartas: esos objetos hechos de papel celulosa, arrugados, amarillentos, que habían llegado en su momento limpios, escritos e impresos en hojas sedosas, con tinta fresca trayendo noticias nuevas de una persona conocida en otro lado. Todo tenía que esperar y tener una amistad a la distancia, con el tiempo, con respuestas, era un testamento de amor verdadero, desinteresado, generoso, gratuito. En la soledad desconocida del exilio, recibir una carta era para un extranjero tener unas palabras de aliento, además de la compañía necesaria para resistir la nostalgia o el espíritu abierto de conversar con alguien sin la necesidad de verse o encontrarse más que en las palabras. En una carta donde Zambrano responde a Enrique le escribe: «¿Qué esperanza puedo tener de que me escribas, cuando a una carta tuya tan encantadora y tan importante como la última tuya he tardado tanto?» (p. 72) Y es que el tiempo, depredador invisible, tenía otra forma antes de la era digital.


